Conocí a Pedro Guajardo en Madrid, a finales de los años 70. Paseaba por una gran avenida cuando, de pronto, unos cuadros en una galería me detuvieron. Entré, atraído por su fuerza expresiva y el cromatismo vibrante que irradiaban los lienzos. Eran suyos. Tuve la suerte de encontrarlo allí mismo, en persona. Le pedí una entrevista, y me atendió con una amabilidad que aún recuerdo con gratitud.

No todos los días se conoce a un artista contemporáneo que trabaja con las antiguas técnicas de la cera púnica, ese medio ancestral que los egipcios y romanos empleaban como aglutinante para los pigmentos naturales, trasladando la materia al lienzo con una intensidad casi alquímica. Guajardo no solo dominaba esa técnica: la transformaba en lenguaje propio.

Me regaló un libro con sus obras, aquellas que él llamaba “Parapsicopinturas”. Aún lo conservo. Aún me habla.

Pedro murió en 2004. Pero su obra sigue viva. Y aquel encuentro —yo con 19 años, él con su mundo desplegado— fue más que una conversación: fue una iniciación.

Gracias, Pedro, por compartir tus conocimientos con un joven que, sin saberlo, estaba empezando a entender que el arte también puede ser memoria, misterio y transmisión.

PD: Tal vez me enrede otra vez con tus descubrimientos sobre las viejas técnicas de pintura egipcia. Hay algo ahí que sigue latiendo. Y tú, de algún modo, también.

Técnica y simbolismo

  • La cera permitía una mezcla estable de pigmentos naturales, como el ocre, el azul egipcio o el negro de carbón.
  • Su uso estaba vinculado a la permanencia y protección, cualidades esenciales en el arte funerario egipcio.
  • El brillo de la cera evocaba la luz solar, elemento sagrado asociado a Ra, el dios del sol.