El auge de los NFTs llegó envuelto en promesas de revolución creativa. A muchos artistas nos llovieron invitaciones, plataformas y discursos que aseguraban un futuro donde la tecnología transformaría para siempre el arte. Pero para participar había que abrir carteras digitales, manejar criptomonedas y adentrarse en un ecosistema que, más que artístico, olía a ingeniería financiera.


Con la perspectiva del tiempo, la caída actual confirma lo que muchos intuíamos desde el principio: el mercado NFT se sostenía más en la narrativa que en el valor real de las obras. La exclusividad artificial, los metaversos aún por inventar y las comunidades “premium” actuaron como combustible de una burbuja especulativa que hoy se ha desinflado casi por completo.


Mientras piezas que llegaron a venderse por millones apenas alcanzan ahora las cuatro cifras, el arte —el de verdad— sigue su curso sin necesidad de blockchain. La tecnología puede aportar herramientas, pero nunca debería imponerse como condición para crear, legitimar o valorar una obra.
Mi decisión de no entrar en aquel boom no fue un rechazo a la innovación, sino un ejercicio de sentido común: el arte no necesita un token para ser auténtico. Además, El perfil del comprador tampoco era el del coleccionista tradicional, sino el del especulador atraído por la promesa de beneficios rápidos. Y de ahí que lo que salía a la venta no fueran obras de arte, sino simples memes inflados a precio de oro, convertidos en mercancía efímera para un mercado que confundió viralidad con valor artístico.

La propiedad y el valor artístico de una pintura, una escultura o una fotografía —analógica o digital— lleva décadas resolviéndose sin blockchain. La fotografía seriada, por ejemplo, ya garantiza autenticidad y control de copias de forma sólida, humana y comprensible. Y la firma amanuense del artista, a lo largo de la historia, ha sido la garantía más buscada y respetada por quienes adquieren arte.