“Para que el surrealismo tenga sentido, hay que haber caminado por la realidad con los ojos bien abiertos.”

La frase resuena con fuerza cuando uno se detiene ante la imagen de un hombre caminando por la ciudad, completamente envuelto en plástico. No es una performance, no es una instalación artística. Es una escena real, capturada en plena calle, donde el envoltorio ha dejado de ser accesorio y se ha convertido en protagonista.

Este hombre no representa lo surreal. Es la realidad tangible que hemos aprendido a ignorar. Su cuerpo, casi devorado por capas de plástico, es el espejo de nuestra rutina: vivimos rodeados de residuos, atrapados en una lógica de consumo que nos envuelve más que cualquier abrigo.

La desidia humana ha normalizado lo absurdo. El plástico está en todo: en la fruta, en los muebles, en los pensamientos. Lo usamos, lo desechamos, lo olvidamos. Pero no desaparece. Se acumula, se adhiere, nos sigue. Y cuando alguien camina por la ciudad como si fuera parte de ese desecho, no estamos ante una obra surrealista. Estamos ante una advertencia.

El surrealismo, lejos de ser evasión, es revelación. Nos obliga a mirar con otros ojos lo que siempre ha estado ahí. Y cuando lo hacemos, descubrimos que lo más inquietante no es lo extraño, sino lo cotidiano.

Ese hombre de plástico somos todos.