Performance & Happening | Pamplona, 4 de mayo de 1997 | 9h A.M. – 8h P.M. Por Natxo Zenborain


Aquel 4 de mayo de 1997, la Plaza del Castillo dejó de ser simplemente el salón de estar de Pamplona. Desde primera hora, la convertimos en un organismo vivo, un espacio de libertad compartida, una grieta luminosa en la rutina urbana. Me habían cedido oficialmente el lugar, y decidí que no sería solo mío: lo abrí a todos los artistas que quisieran participar. La consigna era clara:

“Sois libres para desarrollar vuestro arte: danza, teatro, escultura, pintura, música, instalaciones, interacciones con el público…”

Desde el quiosco, Pedro del Donegal pinchaba música. Lo que sonaba era impresionante, muy distinto a lo que normalmente se escuchaba en ese rincón de la ciudad. Su selección tejía atmósferas, marcaba ritmos, y daba cuerpo sonoro a todo lo que ocurría a su alrededor.

Y junto a él, el sonido del tatuador flotaba como un mantra eléctrico entre los árboles. Cada aguja era una aguja de reloj, marcando el tiempo de un cuerpo que se ofrecía al arte como superficie viva. Gomy Tattoo no solo tatuaba: performaba sobre pieles abiertas al símbolo, al instante, al rito.

El cuadro monumental de Koldo Agarraberes presidía un lateral de la Plaza. Pero no era solo presencia: era un grito. Un grito contra la guerra. Su trazo era denuncia, su escala era resistencia, su color era memoria. Frente a la paz aparente de la plaza, ese lienzo recordaba que el arte también puede ser trinchera.

Y entre árboles y suelo, Luis Morea desplegaba sus instalaciones cambiantes: esculturas que se transformaban con el paso de las horas, manos de cerámica colgadas como hojas, que migraban de rama en rama, apareciendo en bancos, fuentes, rincones inesperados. Su intervención convertía el espacio en un organismo en mutación.

Instalé una computadora que mostraba parte de mi obra digital, una mirada al mundo que empezaba a usar la herramienta como desarrollo artístico. A su lado, colgué seres fantásticos entre los árboles, creando una exposición aérea que desafiaba la gravedad. Tiramos cuerdas, improvisamos soportes, y la plaza se convirtió en galería abierta.

“¿Esto es arte o es magia?” — escuché decir a una niña mientras dibujaba con tizas en el suelo.

Un maniquí desnudo saltó a una fuente, quedando boca abajo. Desde lejos parecía humano. A su lado, una escultura hecha con cadera, fémures y costillas de vaca pintadas ofrecía un guiño irónico a los tiempos de las vacas locas.

“Andábamos con los cerebros espongiformes por Europa, y aquí los convertimos en arte.” — leí en voz alta del manifiesto que redacté para el mediodía.

Frankestein atendía al público con una palmatoria. Tres personas disfrazadas (Maika Morales y amigos) ofrecían huevos rellenos de pintura. Los participantes los arrojaban sobre un lienzo gigante, gritando sus problemas cotidianos: trabajo, familia, política. El arte se volvía catarsis.

“¡Esto es mejor que terapia!” — gritó un espectador tras lanzar su huevo.

Había diferentes televisores con reproductores de video, distribuidos por la plaza. En ellos se proyectaban fragmentos de mi obra y cortos experimentales con estética psychoart. Las imágenes vibraban entre lo onírico y lo visceral, provocando reacciones, silencios, preguntas. Algunos se quedaban hipnotizados frente a las pantallas, otros comentaban en voz baja lo que veían.

Pantallas de televisión y ordenadores mostraban también audiovisuales de Psico Art, junto a las últimas producciones de realidad virtual que se gestaban por todo el mundo. Adultos y niñas jugaban con materiales de arte, expresándose libremente. Un cuaderno de libre expresión recogía poemas, reflexiones, dibujos espontáneos. Poetas anónimos encontraban soporte para ser leídos.

Al final del día, un hombre corpulento bajó del quiosco con dos sacos a los hombros. Los depositó en el suelo. Los sacos comenzaron a moverse. De ellos surgieron dos bailarinas que danzaron al compás de la música, cerrando la jornada con una fuga hacia el Paseo Sarasate.

Comimos en la plaza, compartimos birras, refrescos, agua. El arte se mezcló con la vida, sin fronteras. Y cuando el sol empezó a caer, solo quedaba recoger lo que fue un sueño hecho realidad: una jornada donde el arte y los ciudadanos se fundieron en el corazón palpitante de Pamplona.

“La realidad cotidiana es el mayor sub_realismo. Y por un día, la transformamos.”

.Natxo Zenborain

Objetivos vividos

  1. Acercar e incentivar la creación artística.
  2. Compartir el espacio como acto político y poético.
  3. Desarrollar la comunicación como arte: mensaje, canal, destinatario.
  4. Crear comunidad entre personas con inquietudes similares.
  5. Visibilizar distintas manifestaciones artísticas.
  6. Motivar el arte como placer, como juego, como grito.
  7. Vivir la experiencia de poner una obra personal en manos del mundo.